Descenso soñado
Ayer no escribí, cobré un solo cargo. Podía pasar pero también podía no pasar porque ya tuve suerte antes. Para cuando terminé de hacer las cuentas ya estaba endeudada otra vez, trabajar como docente con la esperanza de cobrar dentro de 3 meses era la bienvenida o advertencia de dónde te metías.
Fui por mis audífonos en la mesa de luz y encaré un nuevo día, al menos no pagaba boleto con el CUD y si el colectivero me negaba mi derecho usaba mi voz Sorda para incomodarlo. Agarrar estereotipos que refuerzan el capacitismo o romper con el mito de que los Sordos somos silenciosos. El lado de la historia lo decidía el opinólogo del día, de revolucionaria a escandalosa un mundo de respuestas y personalidades que morían por ser refutadas por el ojo que todo lo ve mejor que vos.
Durante el viaje de vuelta a mi casa, me acordaba lo que una amiga me decía el fin de semana: la gente da consejos todo el tiempo porque quieren sentir que ellos en tu posición sí podrían haber hecho algo, ellos sí sabrían cómo salir adelante, tendrían mejores ideas, mejor actitud. No se dejarían abatir tan rápido. Quién sabe, hasta podrían nunca llegar a mi posición. Te veo viéndome, no te gusta. Un reflejo incómodo de lo que podría ser si no tuvieras todas las respuestas. Evitalo a toda costa, no te sueltes.
Me caían muy mal, la mayoría de la gente me caía mal. No soportaba un solo consejo más ni un solo “yo que vos…” “yo haría tal cosa”. No aguantaba la catarata de yoyos que me tiraba la gente, desesperados por aconsejar. Que el caos se llevara todo, yo no buscaba mi mejor versión ni miraba al cielo para buscar respuestas, nadie me hablaba. Solo nos movíamos en una galaxia de las miles que hay. Que todo fuera caída libre.
El colectivo estaba lleno, el viaje era largo y yo iba parada. Miré al cielo, ni una nube, una maqueta lisa y celeste, un fondo de bajo presupuesto para cubrir rápido el espacio en blanco. Tan grande, tan inmenso. Si el cielo estaba en las alturas y nosotros en el suelo ¿cuándo podíamos decir que estábamos arriba? ¿Cuándo estaba cruzando el cielo y cuando la tierra?
De chica y a veces de grande, mi pesadilla más frecuente era elevarme en el aire de golpe y a toda velocidad para después bajar en caída libre al suelo. Cuando me imaginaba cayendo, las piernas me temblaban, la tierra podía abrirse en cualquier momento y nada nos salvaría. Ese era el problema con el vértigo, cualquier situación podía hacerte sentir el vacío, no existía la planta baja si el cemento en cualquier momento podía hundirte.
En el sueño yo estaba en un espacio reducido con mucha gente hasta que todo a mi alrededor se volvía ojo de pez, los azulejos y las baldosas se mezclaban y teñían de un mismo color y la gente tomaba formas extrañas, paredes difusas y personas curvas. El primer paso hacia al cielo era indoloro. El mundo se volvía chiquito y deforme, una mancha tan lejana como incomprensible.
“Me voy a caer”, “me voy a caer”. Todo mi cuerpo se tensaba, el trance que había sido elevarse se transformaba en una imagen grotesca, Me mezclaba ahora sí con el paisaje. A la velocidad de la luz, de un cohete, de un auto en la ruta, de un colectivo que no para, de una mala experiencia, me alejaba del piso por lo que parecía una eternidad.
Cuando empezaba a bajar, el miedo se apoderaba de mí. El viento me lastimaba los ojos, el cielo tan celeste volvía absurda la situación. Mientras caía la sensación del estómago era lo más real, mis órganos contradecían a mi cuerpo y subían con intención de volar. La caída era inminente. No había forma de sobrevivir, en un mundo lógico nadie lo haría ¿y en el de los sueños?
El golpe no llegaba, nunca sentí el impacto porque el miedo y las sensaciones corporales me despertaban antes ¿soñaba que me caía o con la ansiedad de estrellarme? Tan lejos del suelo, ¿qué se sentiría caer de pie?
Me despertaba asustada tanto en la infancia como en la adultez. Ahora pecaba de todo lo que criticaba y me preguntaba ¿qué significaba su regreso? Tal vez nada pero me abrazaba a las sábanas para no dejar que volviera a dormirse la niña asustada. “Despierta, vete de acá”.
Cuando bajé del colectivo, todo el cuerpo parecía más liviano. Ya no sentía el tirón en la rodilla, no me dolía la pantorrilla o los gemelos por dormir con el cuerpo apretado. Todo se volvía suave, la calle se sentía una gran almohada que se hundía ante cada paso sin romperse. Perdí sensibilidad, pero no me incomodó. A diferencia de la pesadez de la ansiedad, parecía flotar entre las calles meadas y sucias de Almagro. Apagué el audífono para sentir mejor y absorber con los ojos este momento. Sin sentir más que la liviandad, el camino a casa me mareaba y relajaba de formas iguales. Si fuera a despegar ahora mismo, me gustaría que fuese así. Sin el cosquilleo en los brazos ni la respiración agitada.
Que ese nirvana con el que me elevaba en sueños durara toda la vida.
Cuando puse la llave en la puerta del edificio, ya sabía lo que iba a suceder. El ojo de pez, las paredes azules cerrándose en un círculo y los ojos de todos hacia afuera, abrían la boca pero seguía sin entenderlos, era más fácil volar que hacer lectura labial. Mis vecinos, la gente que paseaba a sus perros y hasta los que esperaban el colectivo, todos salimos volando.
Una vez que abrí los ojos nos vi chiquitos y distantes. Iba a caer y no sabía si me iba a gustar, perdoname mamá otra vez me dio miedo. El cielo azul no era una maqueta pero me achicaba con cada metro que subíamos. Otra vez en las alturas ¿qué se sentirá aterrizaar?
Subimos todos, era la única con la información de lo que se venía. Podría aconsejarlos, aprovechar el instante y ante cada subida proteger la caída. Encontrar mi lugar en la historia, la sorda que te cuenta lo que pasará. Que te aconseja cómo salvarte del impacto ¿eso es posible?
Me animé a ver el cielo celeste una única vez, pero no lo disfruté. Los nervios por lo que se venía no me dejaron tomar aire, cuando el cosquilleo en las piernas me dio nauseas, sabía lo que vendría. Miré hacia abajo y grité, el descenso sería violento. Caía al vacío y mis órganos se desprendieron ¿llegaría a contar mi historia? El ojo de huevo mezclaba los colores ¿quiénes eran y por qué subían? Bajar era lo peor ¿qué venía después de tocar suelo?
Las manchas verdes se convertían en casas, estaba cada vez más cerca, una moneda a la que tiraban a un pozo sin fondo. Quería vomitar. No sabía si el descenso sería indoloro o si cada hueso de mi cuerpo se volvería astilla cuando se estrellara contra el piso.
¿Quiénes quedaron abajo? Ahora que todos conoceríamos la caída ¿saldrían tutoriales de cómo hacerlo mejor? ¿Cuántos pasos a seguir se armarían? ¿Cuánto oyente me explicaría mi pesadilla sin darme lugar a presentarme? Ojalá ninguno de nosotros sobreviviera. Ojalá salvar mi sueño de las masas. Y si el precio era romperse, que así fuera, con tal de dejar de verlos.
Comentarios
Publicar un comentario